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Martes 21 de Febrero - 17:59 hs

Punto final para una campaña que prometió mucho y cumplió poco

Punto final para una campaña que prometió mucho y cumplió poco

Por Darío Zarco

Se espera que una pelea de pesos pesados termine por KO, pero ésta defraudó las expectativas. Quienes apostaron por Daniel Scioli confiaban en que obtuviera al menos un fallo unánime, que triunfara concluyentemente en primera vuelta; y los que eligieron a Mauricio Macri querían verlo en un golpe a golpe con el primero y no cerrando la guardia cubriéndose de Sergio Massa que se suponía que no podría aspirar a más que tercero. Pero nada de esto pasó. Definitivamente, las campañas presidenciales no fueron lo esperado. El entusiasmo, contra lo que dice la lógica, no alcanzó para mover la aguja y no tuvo ninguno de los condimentos efervescentes de las gubernamentales o incluso de algunas municipales de septiembre. De todos modos, aunque los contendientes apenas pueden tenerse en pie, como ocurre en esta categoría, aún cabe la posibilidad de alguna sorpresa que salve a los organizadores de tener que devolver la entrada.

Llegamos a esta hora de la campaña con el último aliento, extenuados al final de un largo calendario electoral que en nuestra provincia comenzó en 2013 cuando Juan Carlos Bacileff Ivanoff, a cargo de la Gobernación, disparó el pistoletazo de largada que después fuera desactivado con la vuelta de Jorge Capitanich al poder.

Los candidatos no lograron lucir sus colores más estridentes. Hubo instancias interesantes como el debate en la Facultad de Derecho de la UBA que, aunque el foco terminó centrándose en la ausencia del favorito Scioli, sirvió para que los tres candidatos "chicos”: Margarita Stolbizer, de Progresistas; Nicolás Del Caño, del Frente de Izquierda, y Adolfo Rodríguez Saá, de Compromiso Federal, expusieran sus propuestas contrastándolas con las de Macri y Massa, algo que sucedió por primera vez y no volvió a repetirse.

A simple vista, el derrotero proselitista fue una concatenación de errores. El primero lo cometió la misma Cristina Fernández al sucederle hereditariamente la candidatura a Scioli en lugar de alentar el duelo con Florencio Randazzo, algo que la especie kirchnerista pedía a gritos. Quizás temió ser arrastrada por una eventual derrota de su ministro, pero pudo haber atenuado ese impacto habilitando un abanico de alternativas en lugar de pedir aquel "baño de humildad” en la inauguración del hospital pediátrico, que terminó depurando la grilla de largada poniendo a Randazzo en la incómoda posición de decirle sí o no. Le dijo no. No aceptó ser candidato a gobernador de Buenos Aires, dejando a Scioli sin un tractor fundamental de votos en el principal distrito del país y habilitando una interna feroz entre Aníbal Fernández y Julián Domínguez que incluyó hasta imputaciones de narcotráfico y dejó heridas que quizás no alcancen a cicatrizar para el domingo.

Consagrar a Scioli como el mejor exponente del K mientras todo el mundo golpeaba su puerta pidiéndole un ADN fue un parto de cola, un sapo que los kirchneristas de pedigrí, a pesar de rumiar y rumiar, todavía no pueden tragar sin atorarse. En estas condiciones, su postulación se basa en el poder de Cristina, algo que le garantiza un piso pero al mismo tiempo le impide dar un paso fundamental hacia los independientes. Es que la Presidenta también tiene objetivos: debe sobrevivir en su sitial de líder a pesar de la presidencia de Scioli y eso implica equilibrar libertades y restricciones.

Scioli nunca se alejó de Cristina. No pudo, no quiso o no le permitieron. Como sea, su campo de acción siempre estuvo acotado, y no era para menos después de que ella le allanara el camino asumiendo todos los riesgos políticos. Recién dio los primeros pasos con su verdadera identidad en los últimos días de campaña para presentarse ante los peronistas que no simpatizan con la Presidenta, de quienes se supone que debe obtener los puntos que le faltan para liquidar el pleito en primera vuelta. Hasta ahora, la incertidumbre sobre su efectividad lo pone con puntos suspensivos, muy lejos de la holgura del 54 por ciento que reeligió a Cristina hace cuatro años. Esto frustró la estrategia de imponer la idea del triunfo rotundo en primera vuelta para desalentar cualquier expectativa opositora.

Con Scioli en primer lugar y la segunda vuelta latente, el centro de la escena lo ocupan Macri y Massa. Así, Scioli corre el riesgo de que quienes no tengan intereses radicales en ninguno de los tres decidan tomar parte en la disputa por el segundo lugar, algo que incluso podría tentar a los kirchneristas que siguen mirándolo de soslayo, lo que en suma terminaría enfriando aún más los casi 40 puntos que le adjudican las encuestas.

Macri también falló. No logró imponer la idea de la polarización con Scioli. No pudo concentrarse en ese objetivo por la amenaza permanente que representó Massa para su retaguardia. No consiguió seducir a los radicales a pesar del marketing de Cambiemos y tampoco le dio demasiado resultado el intento de ampliar su base con gestos populistas como el de adherir a ideas registradas por el oficialismo, ni siquiera con la instauración de una estatua de Perón. Su plan de empatizar con todos los candidatos opositores tenía por finalidad gestar el "voto útil” pero no prendió. Sobre la hora de las elecciones, Macri sigue siendo Macri y su principal y quizás única virtud en estas circunstancias sea tener los brazos más abiertos que el resto de la oposición para recibir los votos antikirchneristas.

Por el surco abierto por los errores de Macri se coló Massa pero, cuando todo hacía suponer que podría consolar a los dolidos de ambos bandos, terminó siendo víctima de su propia voracidad. Decir que es el único que puede ganarle a Scioli en segunda vuelta no sólo no suena convincente sino que además es contraproducente para su aspiración de captar este domingo el voto prestado de los sciolistas y/o de los kirchneristas puros que aunque consideren improbable que Massa llegue a presidente, jamás se arriesgarían a tanto innecesariamente.

El Frente para la Victoria tiene que ganar en primera vuelta. Si Scioli no alcanza a dar el salto a los 45 puntos o ampliar su ventaja con el segundo, estas elecciones podrían convertirse en las verdaderas primarias opositoras, lo que podría complicar al kirchnerismo en la segunda. Ante esta hipótesis, a última hora incluso se echó mano al hartazgo del electorado amedrentándolo con el fastidio de tener que volver a votar por enésima vez en noviembre, un contrasentido para quienes afirman que el voto es la herramienta más efectiva y un derecho inalienable en democracia.

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