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Domingo 28 de Mayo - 22:53 hs

La mesa del domingo: un menú histórico u otra vez sopa

La mesa del domingo: un menú histórico u otra vez sopa

Por Darío Zarco

Hasta los candidatos llegan al final del año proselitista sin aliento. Y, después de las mutaciones de sus propuestas, a los electores casi le da lo mismo que la Presidencia de la Nación se defina por sorteo. Con el opositor Mauricio Macri y el oficialista Daniel Scioli mimetizándose, las diferencias entre unos y otros, aunque ambos y sus seguidores lo nieguen, son cada vez menos y más insignificantes, tanto que desde el principio se viene diciendo que en poco más terminarán convertidos en la misma cosa.

El oficialismo no se conformó con el triunfo acotado de la primera vuelta y, tras varios intentos infructuosos, no logró levantarle el ánimo a sus seguidores, no los pudo convencer de que eran los otros quienes debían remontar la cuesta. Vivió el triunfo como una derrota y no logró superar completamente el duelo.

Al contrario, a la oposición, menguar la diferencia que lo separaba del favorito en las encuestas de octubre le significó una inyección anímica que la impulsó hacia la segunda vuelta con mayor decisión. Principalmente, tras arriarle las banderas al peronismo nada menos que en la provincia de Buenos Aires, llamada de antemano y con razón: "La madre de todas las batallas”.

El kirchnerismo basó la campaña de Scioli en críticas a Macri, repitió una estrategia que no le dio los resultados esperados, con la expectativa de que al fin surta efecto. Insistió en describir a su candidato como la garantía de todo lo bueno y al rival como la síntesis perfecta de lo peor que se pueda imaginar. Le dio a la oposición la oportunidad de victimizarse ante "la campaña del miedo” regalándole un fundamento estratégico.

Desgastar a Macri es un plan tan viejo como fracasado del kirchnerismo, el mismo que lo hizo notable, pasando de ser un experimento a jefe de Gobierno porteño reelecto, y hoy ya es el principal referente opositor. En su primera incursión fuera de los límites de la Capital, el partido de Macri triunfó en la provincia de Buenos Aires y él está parado en la puerta de la Casa Rosada. Así, no hay dudas: son sus propios detractores los padres del fenómeno.

Al kirchnerismo le cuesta interpretar más allá del cosmos de Néstor y Cristina, por eso dejó afuera a Scioli, obligándolo a matar o morir haciendo un esfuerzo por diferenciarse del núcleo duro del oficialismo para parecerse más a él para ir a buscar la empatía del electorado al que no había llegado la primera vez. Es falso que Scioli haya interpretado el mensaje de las urnas, simplemente viró hacia donde tenía que virar: hacia el pragmatismo que lleva al resultado. A esta hora, sabe que si no lo consigue tendrá que entregar su carrera política para hacer frente a las costas de la derrota.

Por el otro lado, el resultado inesperado hizo que Cambiemos entrara a la segunda vuelta a toda velocidad. Capitalizó el entusiasmo, por momentos exagerado, y llegó con una inercia que le permitió a su candidato sacar una ventaja automática apenas conocido el escrutinio. Las encuestas, incluso las admitidas por el propio oficialismo aunque nadie las haya expuesto específicamente, lo mostraron por primera vez arriba la medianoche del 25. Y así llegó Macri por segunda vez al debate en el que Scioli no sólo era un debutante sino además un impensado retador. El fallo no movió la aguja y ambos salieron por donde habían entrado; una prueba de ello es lo velocidad con que se diluyeron las repercusiones de sendas exposiciones en el interés general.

En este contexto, el principal adversario de Macri ni siquiera es Scioli sino su confianza ciega en el envión de la primera vuelta. Dejar llevarse por la corriente de la algarabía lo obligó a un rumbo por momentos improvisado, a zapar tarareos para las pocas notas que tocó insistentemente el kirchnerismo ávido por escucharlo cantar. Desaprovechó la oportunidad de apurar el compás en los momentos críticos del oficialismo, cuando su candidato se debatía entre volver al centro del kirchnerismo y aventurarse al campo abierto. Lo dejó pensar y buscar cobijo en los mismos peronistas que quizás no lo hayan acompañado la última vez y que son, definitivamente, la clave de su posible recuperación.

También podrán servirse los electores este domingo del voto en blanco, que llega casi a duras penas, con mucha mala prensa, pero que constituye una indiscutible tercera opción. Hubo quienes tacharon de antidemocráticos a sus voceros y acusaron a sus potenciales electores de pretender lavarse las manos. El kirchnerismo se opuso rotundamente al voto en blanco, dando por descontado que quienes abandonaran esa postura recalarían indubitablemente en Scioli. "Si no se juegan, después no se quejen”, se repitió, sin contar que el voto en blanco es mucho más manso que un voto en contra para los propios intereses de los más interesados.

Las elecciones de este domingo constituyen el hecho político más importante de los últimos tiempos, quizás de nuestra historia, pero eso sólo lo dirá la historia, que trasciende al mero recuento de votos.

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